En primera persona

Decir adiós

Hoy me gustaría compartir con vosotros una entrada algo más personal porque, vivir en otro país también tiene días tristes, días de replantearse las cosas, días difíciles. Como cuando una de tus amigas, esa a la que habías empezado a coger mucho cariño, se va.

Sí. Ella, también. Desde que vivo en Münster tengo la extraña sensación de estarme despidiendo continuamente de todo el mundo. En realidad lo llevo haciendo casi desde que me trasladé. Fui consciente de ello durante el curso de alemán. Todos los que asistíamos a aquella clase comenzamos desde cero, sin tener ni idea del idioma, ni de muchas de las costumbres de este país. No sé si ese hecho, tan aparentemente simple, hizo que sintiéramos todo de forma muy intensa. Las primeras veces se sucedían en aquellos meses tan especiales: las primeras conversaciones en alemán, las primeras celebraciones, los primeros descubrimientos, las primeras preocupaciones, las primeras decepciones y las primeras frustraciones. También los primeros adioses. Poco a poco, los integrantes del grupo fueron despidiéndose para continuar su camino. Algunos, de regreso a su casa; otros, en una nueva ciudad de Alemania. Cada uno tenía su plan trazado y Münster resultó ser sólo una parada inicial. Nunca un destino.

Naturalmente no se coge el mismo cariño a todo el mundo y no todas las marchas me afectaron por igual. Hasta que llegó el turno de Natsuko, una compañera japonesa que se incorporó al curso cuando ya llevábamos algunas semanas. Pronto nos encariñamos con ella. Era dulce y cuidadosa y todos los días lucía una sensata y agradable sonrisa. Ella no hablaba inglés y, por aquel entonces, nuestro alemán no nos permitía conversar de todo lo que queríamos. Sin embargo, conseguimos llegar a comunicarnos y compartir algunas impresiones. El último día de clase, nos abrazó un por uno y, sin darme cuenta, noté un pequeño nudo en la garganta. Me avergoncé un poco porque, bien pensado, no teníamos un fuerte vínculo. Supongo que, aquí, las relaciones personales se viven de otra manera. En todos los sentidos.

Con el verano el ir y venir de alumnos no cesó y a finales de septiembre, fui yo quien dijo adiós. Para entonces apenas quedaban un par de compañeros del curso inicial y una chica siria, llamada Maya, a la que también echo de menos. Nos dimos los facebooks y direcciones, pero con el tiempo, y la rutina diaria, todos seguimos nuestro camino y fuimos poco a poco perdiendo el contacto.

Aunque, si reflexiono detenidamente, un poco más, todo este proceso comenzó un poco antes, en Madrid. Antes de conocer la noticia había hablado con mi familia y con algunas amistades. Ya les había adelantado que estábamos buscando una oportunidad en Alemania y que, en cuanto hubiera algo que nos convenciera, haríamos el petate y nos iríamos. Las reacciones fueron diversas y, sin bien la mayoría tuvo palabras cariñosas y de apoyo, también hubo frases desacertadas y pesadumbrosas. Hubo gente que se enfadó, gente que no me apoyó y gente que siguió actuando como si no hubiera escuchado lo que que acababa de decirle. Supongo que cada persona tiene una forma de enfrentarse a los cambios y ellos eligieron la que creyeron más conveniente.

La relación con la gente con la que compartía mi día a día en Madrid (vivieran o no en esta ciudad) ha ido cambiando. Pese a las promesas y las buenas intenciones. Para lo bueno y para lo malo. Las amistades de cerveceo y chascarrillos constantes se han ido disipando. Ahora, sin unas cañas de por medio y a través de la comunicación digital, parece como si no hubiera nada que decirse, como si las conversaciones se hubieran quedado vacías y sólo se pudiera hablar de temas superfluos. A veces, ni siquiera eso. De nuevo, más adioses.

Pero no todos han sido tristes o decepcionantes. Con la distancia me he dado cuenta de esos grupos de amistades tóxicos. Aquellas personas que, en realidad, nunca se alegraban demasiado si te iba bien y a las que sólo les importaba que estuvieras ahí para ellas. Sus deseos y necesidades eran siempre prioritarias y absolutas. Con gusto me deshice de todas aquellas relaciones parasitarias o que, simplemente, no me satisfacían. Por el contrario, he descubierto lo fuertes que son los lazos con quienes realmente me importan y me he llevado alguna que otra sorpresa al estrecharlos aún más con quienes creía más alejados. No todo iban a ser penares.

Venir a vivir a Münster ha sido como empezar de cero. Es algo irreal, lo sé. No se puede formatear el disco y volver a cargarlo de nuevo completamente, pero a menudo sí tengo la sensación de que estoy escribiendo una nueva vida. Llena de ilusión y con algunos altibajos que he de superar. Porque no siempre resulta fácil.

Creo que una de las cosas que más me costó fue cambiar de médicos, empezar a tener a mis doctores de referencia aquí. Cuando pedí cita en la clínica de mi barrio y le dije a mi médico de cabecera que me iba, se levantó casi de un salto de incredulidad y alegría. Me abrazó mientras me frotaba la espalda con una mano y me dedicaba un montón de frases hechas para darme ánimo.

Después de unos meses viviendo esta nueva vida, supuse que todo sería así: Un ir y venir de gente, de sensaciones y de emociones, sin apegos y sin grandes relaciones. Hasta que conocimos a nuestros amigos españoles.

Cuando se emigra, se buscan estrategias de adaptación. Cada uno tiene las suyas aunque, a menudo, hay quien intenta imponer las suyas. Algunas personas repiten como un mantra aquello de “no puedes juntarte con gente de tu país porque tienes que aprender el idioma”. Yo decidí pasar de todo y, simplemente, dejarme llevar. Es algo a lo que también me he acostumbrado en esta nueva vida en Alemania.

Coincidimos con E. en una cena de trabajo. Ella nos presentó a su novio y, después, a los amigos que ya tenían en la ciudad. Entre ellos estaba la amiga que ahora se va. Nos caímos bien de inmediato y desde ese momento hemos hecho un montón de cosas juntos. Excursiones, tardes de café, eventos en la ciudad, recolección de verduras, paelladas… El tiempo ha volado en parte porque nos sentimos cómodos con ellos. Todos hablamos el mismo lenguaje, más allá de las palabras, y hemos pasado por las mismas dificultades y miedos. No obstante, creo que hemos tenido suerte. No he hecho buenas migas con todos los españoles o hispanohablantes con los que he ido coincidiendo. Con algunos, de hecho, no ha habido ningún feeling. Es normal. En España tampoco hablaba con todo el mundo. El mero hecho de compartir una lengua hace que la amistad surja de manera automática. Por eso, nos sentíamos afortunados al poder quedar con este grupo y, simplemente, ser nosotros mismos.

Durante alguno de los primeros encuentros se mencionó la posibilidad de dejar Münster. Los principales argumentos se repetían, pero se quedaban como meras ideas lanzadas al aire o como planes de futuro, sin una fecha determinadas. Hasta que un día, llegó la noticia: “Chicos, que me voy. Ya lo he dicho en el trabajo y, bueno, me voy”. Por supuesto que me alegré mucho por ella y le di todos mis ánimos y buenas palabras, aunque no pude evitar sentir como si una pequeña parte de mí también se fuera a marchar. Puede que al leer esto pienses que es todo un poco exagerado y puede que tengas razón, pero lo cierto es que, al tener a los tuyos tan lejos, comienzas a formar una especie de nueva familia que, en ocasiones, te cuida y te comprende mejor que la propia.

Ahora todo es un poco raro. Pese a que nos gustaría que se quedara, todos estamos contentos porque pueda conseguir sus objetivos. Evidentemente cada vez que se habla de lo qué está por venir, se remarca cómo seguiremos en contacto y las visitas mutuas que nos haremos. ¿Será cierto? Supongo que sólo el tiempo me hará saber si lo que pronto le diré será un adiós o sólo un hasta luego.

Imagen obtenida de Pixabay.

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